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Autora | Raquel C. Pico
Cuando se analiza cómo se desplaza la población en las ciudades, se ve un patrón interesante: la mayoría de los desplazamientos implican cubrir distancias cortas. De hecho, y según estadísticas del investigador de la Sorbona Carlos Moreno (el teórico de la ciudad de los 15 minutos), la mayor parte de los desplazamientos urbanos que se hacen en coche son para cubrir menos de 5 km. La gran diferencia global está en cómo se cubren esas distancias, algo cada vez más importante mientras se busca descarbonizar el transporte. La micromovilidad apuesta por echar mano de vehículos eléctricos o que no necesitan alimentación (por ejemplo, una bicicleta que se mueve solo con el impulso humano) para cubrir esos trayectos cortos.
La idea no es exactamente nueva, aunque su evolución ha sido un tanto variopinta. Hace años se señalaba que tenía problemas para despegar, porque las ciudades no acababan de afianzar sus sistemas públicos de servicios asociados. Las que sí lo hicieron, como Madrid, París o Nueva York y su sistema de bicicletas, han cosechado gran éxito, tanto a nivel de público como parte fundamental de sus sistemas de transporte inteligente.
Y es que la micromovilidad importa para la vida diaria y lo cotidiano, pero también para afrontar los retos de la última milla y como pieza de conectividad en el marco de un sistema de transportes mucho más amplio y multimodal.
La micromovilidad y la alta velocidad

Es justo en ese cruce en el que se integra con la alta velocidad ferroviaria. Se refuerzan, se ayudan y se dan sentido mutuo, en cierto modo. La micromovilidad se integra con la alta velocidad ferroviaria creando una red de transporte multimodal real. Esto es, la ciudadanía puede hacer un trayecto puerta a puerta saltando de forma sencilla de un medio de transporte a otro, gracias en general a sistemas de infraestructuras inteligentes, lo que reduce las fricciones y los tiempos.
Los propios planes de transporte ferroviario lo tienen bastante presente. Cuando a finales de 2025 la Comisión Europea destacaba la importancia de mejorar la conectividad transfronteriza con redes de trenes de alta velocidad y reducir así la dependencia de combustibles fósiles, insistía no solo en el papel de los responsables de infraestructuras ferroviarias sino también de las ciudades. Llegar al tren debía ser simple, accesible. El transporte público debía ser más atractivo que el coche (o, en este caso, el avión). La estrategia de transporte multimodal importaba, algo que desde las asociaciones de defensa del tren llevan años igualmente reclamando.
Al tiempo, en el caso del transporte en tren, es justamente ese punto final el que lo hace más atractivo. La última milla es fundamental, para evitar cuellos de botella y para posicionarse de forma atrayente para la ciudadanía. La facilidad de llegar rápido a casa o al destino frente a otros medios de transporte, como los aeropuertos (que siempre están más alejados del centro), es una de sus grandes cartas de presentación.
Cómo diseñar esta movilidad compartida
Las ciudades deben visualizar, por tanto, la cuestión de un modo un tanto holístico, combinando la larga distancia con la corta. La conectividad es fundamental. Como apunta un estudio realizado por investigadores de varias universidades británicas, “los hubs de movilidad son intervenciones que prometen multimodalidad en un sistema de infraestructuras mejorado”. Al hacerlo, consiguen “reemplazar el uso o propiedad del coche privado”. En resumidas cuentas, no necesitas tu coche porque el sistema cubre todas tus necesidades de desplazamiento. La ciudad logra liberar sus calles y pacificarlas, gracias a una estrategia inteligente de movilidad.

En todo ello, es fundamental comprender qué necesidades de movilidad reales tiene la población, cómo se conseguirán reducir tiempos y mejorar eficiencias o cómo se logrará una accesibilidad plena, en la que nadie se quede fuera del sistema de transporte público. Ahí es donde los sistemas inteligentes de transporte son fundamentales, porque la tecnología puede ayudar a desarrollar y ejecutar estos planes. Las infraestructuras inteligentes recogen datos en tiempo real, hacen seguimiento o identifican problemas, gracias al IoT, la IA o la automatización. Al tiempo, la propia tecnología puede simplificar el acceso al usuario final, desde ayudando a trazar rutas a permitiendo encontrar las soluciones más adecuadas de micromovilidad.
Los beneficios de esta movilidad sin fricciones para la ciudadanía son múltiples. Más allá del ahorro de tiempo, también se produce un ahorro económico, ya que los costes del transporte no son solo propios. No hay que desembolsar en la compra de un coche o en el pago de combustible, por ejemplo. Al tiempo, la conectividad genera cierta tranquilidad, porque asegura soluciones de movilidad, o mejora el acceso a los sistemas del transporte para todas las capas de la población.
Algunas preguntas frecuentes
¿Cómo se conectan la micromovilidad y la alta velocidad?
Una empieza donde termina la otra y juntas reducen los tiempos de viaje o lo hacen más cómodo: el trayecto de la estación al punto de destino (o viceversa) se hace empleando bicicletas u otros vehículos eléctricos y entre estaciones con un tren de alta velocidad.
¿Se están probando nuevos modelos o pilotos?
Sí, existen diferentes proyectos para integrar micromovilidad y transporte ferroviario. Uno de Alstom y Decathlon quiere integrar patinetes y bicicletas en las estaciones y los trenes, para que sea mucho más fácil ese uso compartido, desde abordando cómo deberían ser unos vagones con espacios más compatibles con bicicletas hasta cómo los sistemas de reserva para tener una bici en espera a la llegada.
¿Cuál será la próxima frontera en micromovilidad?
Este es un terreno en un momento de explosión innovadora. La próxima frontera podría estar en la integración del transporte aéreo, con soluciones como vertipuertos.
Fotos | olaser/iStock, Circle Creative Studio/iStock, Suzi Media Production/iStock


