Can Cities Afford the AI Boom?

El dilema de los centros de datos: ¿se pueden permitir las ciudades el boom de la IA?

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Autora | Raquel C. Pico

Hay quienes lo ven como una suerte de fiebre del oro y quienes lo perciben como la próxima gran revolución industrial, una en la que no se puede perder el tren y quedarse en el camino. El boom de la inteligencia artificial y todas sus aplicaciones trae aparejado todas unas necesidades de infraestructura. Los centros de datos son su piedra angular.

Una estimación reciente de la consultora Bains confirma que no solo que se han convertido en una “infraestructura crítica”, sino también que moverán una inversión de entre 5 y 6,5 billones de dólares a nivel global hasta 2030 y que se triplicará su capacidad, aunque esto abre nuevos interrogantes en términos de chips, fuerza laboral y capacidad energética. Una de las grandes cuestiones de esta carrera es, al final, el consumo energético de los centros de datos.

Las ciudades deben determinar qué papel quieren ocupar en este nuevo ecosistema. Aunque la carrera de la IA ha diversificado los tipos de centros de datos y ha hecho que no todos necesiten la misma baja latencia (lo que obligaba sí o sí a situarlos en las inmediaciones de los grandes centros de población), las ciudades se ven arrastradas de todos modos al debate. Al fin y al cabo, los defensores de estas infraestructuras ven en ellos un potencial económico, de generación de trabajos y riqueza, mientras que a sus opositores les preocupan los efectos que tienen los sistemas de enfriado o las demandas de potencia de los centros de datos en los acuíferos o la red eléctrica.

En paralelo, y muy influido por las experiencias que se están viviendo ya en algunas geografías, como Estados Unidos, los data centers se han convertido en un tema que genera cierta tensión entre la ciudadanía, que no siempre ven con buenos ojos los proyectos que busca poner en marcha en sus áreas la industria de la inteligencia artificial. Todo esto se enmarca en un debate mucho más amplio sobre la tecnología sostenible o la transición energética y la eficiencia, lo que hace que el tema esté repleto de aristas y matices.

Los grandes puntos de fricción


La cuestión de la electricidad

El punto de fricción más importante en todos estos debates está en el consumo de energía de los centros de datos.

Hacer una comparación entre cuánta electricidad consumen los data centers de la IA frente a la infraestructura crítica tradicional no es del todo sencillo, porque la industria está en una evolución constante y los números se van quedando cortos muy rápido. A medida que estas infraestructuras se van haciendo más grandes y ganando en potencia de procesado, también lo van haciendo en consumo de energía. Como apunta el informe de Bain, hace cinco años un centro de datos con un consumo de 50 MW era “grande” y ahora ya se está trabajando en la construcción de infraestructuras que multiplican por 100 ese consumo.

Algunas estadísticas, como la de IAE, apuntan que el consumo de energía de los centros de datos es ya el 1,5% del uso de electricidad global total (lo mismo, por ejemplo, que consume en un año Alemania), pero los totales pierden de vista cuestiones clave. Una es que los data centers se concentran en regiones concretas, como por ejemplo Estados Unidos. Esto tiene un impacto directo sobre su red eléctrica, especialmente cuando no solo un país agrupa centros de datos, sino que además estos se posicionan en provincias o áreas metropolitanas concretas que lideran estos desarrollos. De hecho, en EE.UU, se ha generado ya una elevada tensión entre quienes quieren seguir desarrollando la infraestructura y quienes se niegan a que se instalen más centros de datos y claman contra sus consecuencias.

Otro de los puntos clave es que la red eléctrica global se puede resentir de estos picos de consumo. Es algo de lo que lleva advirtiendo ya años la IEA, de que la digitalización por un lado y la electrificación de la sociedad por el otro están sobrecargando las redes eléctricas y que estas necesitan una inversión en renovación. Ahí las infraestructuras inteligentes podrían ser fundamentales, porque las smart grids conseguirían no solo gestionar los picos de demanda sino también priorizar que se cubra con energías verdes.

El consumo de agua

El otro elemento de fricción que genera el boom de los centros de datos está en el consumo de agua. Los data centers beben por una razón fundamental: necesitan enfriar sus servidores. Simplificándolo, su funcionamiento genera calor, pero para seguir operando no pueden superar ciertas temperaturas, así que deben hacer un esfuerzo para bajar la temperatura ambiental. Ahí es donde entra en juego el agua.

En Estados Unidos, ya se han registrado efectos en las redes de agua de ciudades y áreas en las que se han instalado varios centros de datos. “Un usuario continuo y grande, como un centro de dato, altera fundamentalmente una cuenca hídrica porque su demanda de agua nunca duerme”, explica Matthias Sprenger, profesor de la North Carolina State University, en un análisis de la cuestión. Solo en 2023, calcula que los centros de datos estadounidenses consumieron 17.000 millones de galones de agua, al cambio unos 64.352 millones de litros.

Cuanto más grande sea el centro de datos, mayor será consumo. Por eso, esta es una de las cuestiones que más preocupa a las organizaciones ecologistas y uno de los puntos de contención cuando se anuncia la llegada de un proyecto de centros de datos al entorno de una ciudad. Preocupa, además, especialmente en un contexto global de estrés hídrico.

Aun así, desde la industria de los centros de datos se suele insistir en matizar este dato con un cuándo y dónde. Por ejemplo, las compañías del sector que operan en el sur de Europa aseguran que funcionan con circuitos de agua cerrados, lo que evita un consumo constante de agua. Siempre es la misma, porque desde el minuto cero han estado en zonas en las que el agua es un bien demasiado preciado como para tirarlo.

Cómo afrontar la escalada de los centros de datos

consumo energético de los centros de datos

Todo ello sienta las bases de un debate complejo, uno en el que se suman otras cuestiones. Si la IA se ha convertido en una pieza cada vez más presente de la economía y la digitalización en líneas generales en el objetivo a cumplir por ciudades, países y economías, ¿se puede evitar desplegar una infraestructura de centros de datos? Al tiempo, el contexto geopolítico ha generado un interés creciente por la autonomía y la soberanía digitales, pero para conseguirlas se necesitan centros de datos propios.

Las organizaciones ecologistas invitan a cuestionar qué se despliega y para qué. De hecho, ya existen debates dentro de la industria sobre si se podría estar construyendo de más. Europa ya ha empezado a regular en términos de eficiencia energética (y en IA) y algunos países trabajan en normativas propias. Uno de ellos en España, donde se está tramitando un Real Decreto que quiere evitar un “diluvio de proyectos” y morir de éxito, asegurando la sostenibilidad y la eficiencia energética. Las voces de la propia industria, por el contrario, lo ven desproporcionado.

¿Se puede mitigar la huella de los centros de datos? ¿Qué deberían exigir las ciudades en sus planificaciones a estas industrias para evitar huellas medioambientales costosas y para que funcionen como un elemento de dinamización? Ser conscientes de sus potenciales problemas es fundamental, pero también apostar por vías con impacto positivo. Los sistemas cerrados de agua que se usan en países como España reducen la presión sobre los acuíferos y dar más peso a las renovables en los consumos eléctricos limpia el consumo de energía de los centros de datos.

En algunas ciudades se está apostando por estrategias de economía circular para solventar los retos de los centros de datos. El 90% del calor que generan los centros de datos en Helsinki (Finlandia) se reaprovecha en los sistemas de calefacción de las viviendas: un solo centro de datos mantiene con temperaturas óptimas a unas 20.000 viviendas. Otro en Bibai (Japón) usa en su enfriamiento la nieve que se recoge de las calles en invierno y su calor sobrante para mantener un vivero de anguilas. Otros, como ocurre en Phoenix (EEUU), emplean solo agua de las depuradoras para sus sistemas de enfriado.

Algunas preguntas clave

¿Es posible evitar situar los centros de datos en entornos urbanos?

Sí, lo es. En España, por ejemplo, varias provincias de la llamada España vaciada están intentando captar la inversión en centros de datos. Sin embargo, los proyectos también generan dudas entre la ciudadanía, como la de qué impacto puede tener en zonas que ya sufren estrés hídrico.

¿En qué trabajan las grandes compañías tecnológicas para responder a esas demandas de potencia de los centros de datos de la IA?

Se está trabajando en varias líneas, algunas de ellas muy futuristas. Una es un revival de la energía nuclear y varias big tech han invertido ya en start-ups que apuestan por instalar una nueva generación de reactores. Otra es la de enviar los propios centros de datos al espacio, para que se alimenten de forma continua de energía solar. Google acaba de lanzar un prototipo.

¿Se pueden integrar los centros de datos urbanos en la economía circular?

Esta es una de las palancas más habituales para reducir su huella ambiental, una que además impacta de forma holística en las ciudades que se asientan.

¿Existen otras áreas de fricción que generan los centros de datos en entornos urbanos?

Aunque suelen protagonizar menos titulares sí existen otros focos de tensión, como puede ser la contaminación acústica.

Fotos | EvgeniyShkolenki/iStock, Hugo Kurk/iStock

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