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¿Cómo están enfrentándose las ciudades europeas a las restricciones de gas?

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Autor | Jaime Ramos

"La energía no se crea, ni se destruye, solo se transforma". Esa transformación enunciada en la ley de conservación de la energía ha traído de cabeza a buena parte del territorio europeo en los últimos meses; y lo que es igualmente significativo, ha trastocado los planes comunitarios económicos y de sostenibilidad.

El papel protagonista del gas natural en Europa

El gas natural no solo ha calentado hogares e impulsado industrias en Europa, sino que, además, ha servido como referencia para fijar los precios de la energía eléctrica.

Constituía un mecanismo de mercado que funcionaba hasta que el principal suministrador de gas al continente, Rusia, del que Europa importaba el 39,2% del gas, detuvo su relación comercial como consecuencia de la invasión de Ucrania.

Esto se ha descubierto como una vulnerabilidad del sistema que ha provocado que el precio de la energía se disparase estacionalmente. En Alemania o España se superaron el pasado invierno cifras de récord de 500 euros por megavatio hora. En Italia llegaron a los 713 euros.

Pero es que, además de ello, la Unión Europea se ha visto abocada a replantear su modelo de producción energética. La crisis no ha ido a más porque los países han atesorado una gran cantidad de reservas (curiosamente, una gran proporción en barcos gasísticos, porque salvo excepciones, las mayoría de países no cuentan con infraestructura de almacenamiento) y el invierno ha sido amable. Ahora bien, en los próximos inviernos eso puede cambiar, y Europa vislumbraría una situación de angustia energética.

¿Qué ha hecho Europa para reducir la dependencia del gas?

A nivel institucional, la UE ha elaborado un plan para reducir su dependencia resumido en diez acciones específicas. Mientras que algunas apuntan a la creación de nuevas infraestructuras o acelerar la transición hacia las renovables, otras contemplan medidas de racionamiento energético que bien recuerdan a otras etapas históricas. Además de ello, está la tarea pendiente de simplificar la normativa para aunar intereses nacionales, luchar contra la fragmentación de los mercados y procurar un marco más eficiente.

La compleja situación con el gas, repleta de intrincadas sendas económicas y reformas institucionales, se podría resumir de forma sencilla bajo el paradigma de la economía neoclásica. Es decir, Europa necesita contener su demanda, al tiempo que mantiene el tipo con la oferta y el abastecimiento.

A esto se le suma una tercera variable: el sector energético de la UE había planteado una transición histórica hacia fuentes de energía limpias, como incrementar la cuota de renovables en los mix energéticos o redoblar la apuesta con el hidrógeno verde. La consigna fácil y sencilla es pensar que es el momento de acelerar estos planes.

Energías renovables para capear la crisis, ¿un plan con pegas?

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Ahora bien, la situación actual en Europa ha redoblado la apuesta. Tomemos como ejemplo a Alemania, conocida como la locomotora económica de Europa y altamente dependiente del gas ruso.

En la primera parte de 2023, su mercado energético estaba de enhorabuena al alcanzar un récord de 57,7% en producción renovable. Entre otras repercusiones, esto ha incidido en retroceso en los precios del gas natural y, en relación, de la electricidad. Y es una buena noticia también porque, en Alemania, desde 2020, se había invertido la tendencia y el aporte de gases de efecto invernadero del sector energético había repuntado de forma preocupante. Más aún teniendo en cuenta que en 2035 esperan nutrirse solo de renovables.

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Estas relajaciones estacionales marcan el camino hacia una menor dependencia de los combustibles fósiles, pero no todo es tan sencillo. En la industria de la automoción europea llevan varios años advirtiendo del peligro de pisar el acelerador más de la cuenta con la transición ecológica. Por ejemplo, el CEO de Stellantis, Carlos Tavares, ha avisado de los riesgos de imponer un modelo 100% eléctrico de movilidad sin detenerse sobre las repercusiones, no solo económicas, sino también sociales y de la propia sostenibilidad.

Entre los riesgos anunciados tanto por Tavares, como por otros agentes en la industria, están los del desabastecimiento, el incremento de los precios o que las virtudes que se anuncian actúen como rigideces que desaliente la inversión en el territorio europeo.

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¿Qué medidas están aplicando las ciudades con el gas?

El ámbito urbano tiene un papel más que relevante que jugar a la hora de protagonizar la evolución del modelo europeo con el gas y la energía. Las ciudades europeas no escapan de los números que dan las Naciones Unidas que indican que las ciudades "requieren un suministro ininterrumpido de energía. Consumen aproximadamente el 75% de la energía global y son responsables de entre el 50% y el 60% de los gases de efecto invernadero".

La UE ha lanzado varios proyectos vinculados buscando incorporar y aunar fuerzas entre las distintas ciudades que pueblan el territorio comunitario, planes estatales aparte. Esta primavera, se sellaron una alianza inter-europea que sirvió para que los líderes locales presentaran ejemplos y medidas que habían funcionado en sus regiones. Entre los asistentes a la cita, se encontraban los alcaldes de Milán, Friburgo o Lodz.

Del smart lighting de Helsinki a la perspectiva social de Gante

Las medidas se enmarcaban en diferentes categorías que iban desde la introducción de nuevas normas e impuestos, hasta la renovación de infraestructuras, el impulso de la movilidad alternativa y la creación de comunidades energéticas. En Helsinki (Finlandia), por ejemplo, han mostrado como este periodo ha servido de acicate para cambiar a un modelo de iluminación inteligente.

El alcalde de Gante (Bélgica), Mathias De Clercq, reconocía que las consecuencias de la crisis económica habían golpeado con dureza en la esfera local: "la gente tiene dificultades para pagar sus facturas, las empresas han tenido que recortar sus costes y las finanzas locales están sometidas a presión".

Para paliar esto, indica que se ha realizado una doble aproximación. Por una parte, se ha tratado de redirigir el consumo aplicando estrategias sencillas de ahorro, fijando como en otras tantas regiones un margen de temperatura en el interior de los edificios o financiado a aquellos que lo pasan peor. Se ha habilitado, incluso, un servicio telefónico que ayuda a las empresas y los residentes a rebajar sus facturas. Por otra parte, se han empezado aplicar políticas proactivas de abandono de los combustibles fósiles.

Entre las prioridades de la estrategia de Gante, y que coinciden en otras ciudades como Lyon (Francia), está la de prevenir la exclusión social. Y es que, la cuestión con el gas en Europa ha tenido parte de efecto látigo. Aunque el primer movimiento se ha asumido a una escala macro-económica, es en el extremo local donde se experimentan las consecuencias más virulentas y perniciosas del golpe. Si no se atajan priorizando esta perspectiva urbana, la transición ecológica y la descarbonización se verían comprometidas.

Imágenes | Freepik/freepik, Eurostat, Freepik/senivpetro

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