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Autoras | Arantxa Herranz, Raquel C. Pico
Las bajas tasas de natalidad y una mayor esperanza de vida están conllevando una inversión en la pirámide de población. Dicho de otra forma, en muchos países tienen ya experimentan el envejecimiento de la población. Esto es algo que está cobrando especial relevancia en el entorno urbano, habitualmente diseñado para una población joven y en edad laboral.
A nivel mundial ya hemos pasado de que solo el 4,97% de la población tuviera más de 65 años en 1960 a que ya sean el 8,87% del año pasado. Casi el doble. La Unión Europea es, de hecho, la región con una población más envejecida del mundo. La edad media de sus habitantes está ya en los 44,9 años, según la estadística más reciente de Eurostat (de enero de 2025), una cifra que se explica porque un elevado porcentaje de ciudadanía de edad avanzada y uno bajo de quienes están en la infancia. El 22% de la población de los países de la Eurozona supera los 65 años y las proyecciones de la oficina estadística apunta que su peso irá en aumento.
La UE será la punta de lanza de una situación de impacto global. Las previsiones de la ONU apuntan que, para 2050, habrá más habitantes en el planeta de más de 65 años que de menos de 15. Será la primera vez desde que se tienen registros que esto ocurra.
Por tanto, las necesidades derivadas del envejecimiento de la población serán todavía más acuciantes en el futuro cercano. Los países deben prepararse para afrontar las realidades de una pirámide de población diferenciada, con una población envejecida que les obligará a ser más accesibles, especialmente en sus ciudades. Al fin y al cabo, ahí es donde se concentra la mayor parte de la población.
Este envejecimiento de la población y de sus necesidades particulares debe ser tenido en cuenta por las ciudades a la hora de desarrollar sus servicios. Prepararse para un envejecimiento de la población es también una cuestión de resiliencia urbana. Esto obliga a hacerse ciertas preguntas. Por ejemplo, ¿cómo deben afrontar las ciudades las necesidades de las personas mayores que viven solas en sus propios hogares? ¿O de aquellos cuya situación física o mental se ha ido deteriorando y deben ser hospitalizados o requieren atención residencial?
Ciudades amigables con los más mayores

La adaptación a las necesidades de una población envejecida es, por tanto, una cuestión prioritaria a nivel urbanístico. Muchas de las decisiones que se deben tomar son, además, beneficiosas a nivel general en términos de accesibilidad, con un impacto que va mucho más allá de este grupo concreto de población diana. Las ciudades accesibles logran beneficios transversales para muchas capas de la ciudadanía.
“Es importante ser conscientes de esta tendencia hacia el envejecimiento poblacional. Es un reto inmenso para las ciudades del mundo, que necesitarán cambiar, asegurarse de que las personas de más edad siguen teniendo un rol activo en la comunidad y que no se quedan aisladas”, asegura a The Guardian Stefano Recalcati, responsable del estudio Shaping Ageing Cities de Arup. “Las pequeñas innovaciones pueden marcar la diferencia”.
El urbanismo es fundamental a la hora de adaptar las ciudades a las necesidades de la población envejecida porque permite responder desde la raíz a algunos de los retos que generan las necesidades de esta población. Así, se debe tener en cuenta cómo se ralentiza la movilidad (se pasa de caminar a una velocidad media de 4,8 km/hora a los 3 km/hora de los mayores de 65 o los 2 de los de más de 80) y cómo se necesitan distancias menores entre los servicios de primera necesidad (desde acceso a baños públicos a tiendas, pasando por el tiempo que se da para cruzar las calles).
Así, las ciudades amigables con los mayores son aquellas que diseñan y adaptan su entorno para que sea válido para cualquier tipo de persona, independientemente de su edad o capacidades. Es decir, ciudades sin barreras, diseñadas para la diversidad, inclusivas y cohesivas. Esto se tiene que trasladar a áreas tan diversas como la infraestructura vial y de transporte, que debe ser accesible y segura, y el acceso a cualquier edificio. Así, por ejemplo, ante la irrupción de nuevos sistemas de transporte (como bicicletas o patinetes), las ciudades deben tener en cuenta que el espacio público también es utilizado por aquellos ciudadanos de más edad que ya no tienen la misma agilidad física que los más jóvenes, más propensos a emplear estos nuevos transportes. O que quizá no se sientan tan cómodos utilizando medios de transporte compartidos para los que es indispensable usar una aplicación móvil.
Estas ciudades amigables con los mayores también se preocupan por tener bancos en las calles o instalaciones que permitan a las personas mantenerse activas, conectadas y capaces de contribuir a la vida económica, social y cultural, según la Organización Mundial de la Salud. Dicho organismo señala además que este tipo de medidas no solo beneficia a este grupo de población, sino que fomenta la solidaridad entre generaciones dentro de las comunidades, facilitando las relaciones sociales y los lazos entre residentes de todas las edades.
Reino Unido lanzó en 2015 un proyecto, Healthy Towns, que buscaba desarrollar ciudades más saludables. Estos era algunos de los criterios que se tenían en cuenta. Sin embargo, no son las únicas muestras. En Gotemburgo (Suecia) se han creado “bancos de conversación”, que incentivan el contacto intergeneracional, y en Nottingham (Reino Unido) se ha creado un sello que identifica a los negocios en los que la población envejecida puede sentarse si lo necesita mientras pasea por la calle.
Pero queda mucho por hacer: en España, por poner una muestra, solo el 2,85% de las ciudades están adaptadas a su población envejecida, según datos del Imserso.
El papel de la tecnología
Al tiempo, los avances tecnológicos de los últimos años pueden convertirse en una palanca para lograr mejores resultados y conseguir ciudades resilientes ante los retos de una población envejecida. Ya existen dispositivos electrónicos que facilitan la vida a las personas mayores, como asistentes de voz o pulseras localizadoras, pero el potencial puede ir mucho más allá. La smart city puede ser age-friendly, empleando estas soluciones para resolver problemas, adelantarse a ellos o crear nuevas oportunidades.
Los retos urbanos antes una población envejecida

Conseguir adaptarse a las necesidades de una población envejecida obliga a desarrollar una estrategia transversal y a afrontar ciertos retos. El primero y fundamental es que la propia ciudad no fue diseñada con la población de más edad en mente, lo que lleva a que pueda ser un espacio hostil. “La ciudad ahora mismo está pensada como una forma de facilitar el trabajo y la acumulación de capital, y la vejez es lo opuesto a eso, de ahí que existan tantas barreras”, explica a El Diario Ana Fernández, una de las autoras de Arquitecturas del cuidado. Hacia un envejecimiento activista. Esto se traduce en primacía de los coches frente a los peatones, aceras estrechas, expectativas de una circulación veloz o en una falta de espacios verdes. Son cuestiones que impactan a otros niveles y en otras problemáticas, como puede ser también la resiliencia climática.
ONU-Habitat recomienda incorporar perspectiva de edad al urbanismo y a la arquitectura, lo que implica pensar tanto en la población de menos edad como en la de más. Esto implica construcciones, infraestructuras y espacios públicos, pero también ajustes en la cultura urbana (por ejemplo, creando oportunidades de voluntariado y envejecimiento activo para los más mayores) o trabajar en vínculos transgeneracionales.
¿Cómo pueden las ciudades responder a este progresivo envejecimiento de la población y ganar resiliencia urbana? A grandes rasgos, podemos decir que hay varias áreas en las que deben centrar los esfuerzos: los espacios y edificios al aire libre, el transporte, la vivienda, garantizar su participación en la ciudad, el respeto por los mayores y su inclusión social, la salud y la comunicación son las principales.
El enfoque en algunos de estos aspectos parece bastante evidente. Por ejemplo, que las calles y los edificios públicos tienen un gran impacto en la movilidad, la independencia y la calidad de vida de las personas. Para los más mayores, la accesibilidad y seguridad en estos entornos, tener espacios verdes, calles transitables, asientos al aire libre y edificios accesibles (con ascensores o escaleras con barandillas), son aspectos que les hacen la vida más fácil en las urbes. De la misma manera, tener un transporte que les permita moverse por su barrio, por su ciudad, no solo mejora su calidad de vida, sino que les permite ser más participativos. Y poder participar activamente en su comunidad (por ejemplo, a través del voluntariado) está fuertemente relacionado con la buena salud y el bienestar a lo largo de la vida.
Si el lugar de residencia es algo importante para cualquier ciudadano, permitir a las personas envejecer en el lugar que elijan hará que seamos más inclusivos y respetuosos con ellas. Algunas ciudades han creado barrios diseñados específicamente para los mayores, pero, la mayoría de las personas quieren ser capaces de envejecer en el lugar que elijan y no verse “desplazados”. Este desplazamiento no tiene que ser necesariamente físico. En ocasiones, las personas mayores sienten que hay ciertos comportamientos y actitudes negativos hacia ellos.
Es cierto que muchos sienten que son respetados, reconocidos e incluidos, pero a veces experimentan una cierta falta de consideración en la sociedad. Por eso las ciudades pueden promover actividades intergeneracionales para que las generaciones más jóvenes y mayores aprendan unas de otras. Además, y pese al auge de las tecnologías de información y comunicación, las ciudades no deben olvidar que los más mayores pueden sentirse perdidos con estas herramientas, que pueden convertirse en un instrumento de exclusión social. Por eso, se recomienda que hagan que la información relevante sea accesible para las personas mayores con capacidades y recursos diferentes.
Algunas preguntas frecuentes
¿Cuáles son las claves que definen a una ciudad age-friendly?
La respuesta está en una organización urbana que trascienda el urbanismo. Así, a las aceras más anchas, con más bancos o con pavimentos más regulares, se suman otras cuestiones, como sistemas que reduzcan la complejidad de la urbe o que potencien la actividad de su población de más edad.
¿Se trata entonces de apostar solo por cuestiones tangibles, como infraestructuras?
No, en absoluto. La resiliencia urbana ante una población envejecida también afronta problemáticas como la soledad no deseada o el envejecimiento activo. Además, piensa en su población de más edad como seres con agencia, no como receptáculos pasivos de medidas bienintencionadas.
¿Son necesarias grandes inversiones?
Las acciones de microurbanismo, como las pacificaciones urbanas simples, la recuperación de parterres verdes o el poner un par de bancos, ya generan importantes retornos.
¿Qué nuevas soluciones se están testeando?
Dado que no solo ha cambiado la pirámide generacional sino también la percepción social de la vejez, se están probando soluciones de nuevo cuño que ayudan a garantizar la independencia en esa etapa de la vida. Es ahí donde se insieren iniciativas de co-housing para la población de más edad.
¿Cuándo se cruzará la frontera en términos de demografía?
La ONU espera que en 2050 el porcentaje de personas en todo el mundo mayores de 65 años supere por primera vez a quienes tienen menos de 15.
Fotos | Immortal Shots, Oleg Magni, Matthias Zomer


